Hoy en día, la afirmación hecha por diversos y diversas analistas de que el sentido común en este país se ha tornado reaccionario, vuelve a tomar entidad. El sentido común se torna reaccionario cuando cree que la seguridad es un asunto de rateros, ladrones, de bajar la edad de imputabilidad, de ataque a la propiedad o de la cantidad de policías o custodios que deben circular por el espacio público. Tal mirada tan afincada y promocionada desde ciertos foros públicos siempre desplaza a un segundo lugar la protección de la vida. Si todos estamos desprotegidos frente a ese sentido común que también se ha asentado en comunicadores y peor aún, en quienes diseñan políticas de Estado, mas lo estamos las mujeres. Los hechos hoy ocurridos en Recoleta son lo suficientemente elocuentes para generar la necesidad de sobrepasar el sentido común y proponer un cambio radical en una situación que no solo mató a una mujer sino que ha matado, ocultado, violado y también ninguneado a miles de mujeres en este país.
Subscribir tratados internacionales y sancionar leyes huecas no solo no alcanza sino que fomenta todavía más la impunidad y el delito y pone nuevamente en tensión que el tema de la seguridad y la protección de la vida, la dignidad humana y el respeto a los derechos soberanos de las mujeres deben ser materia de políticas de Estado, de campañas de concientización y promoción.
Lo que aconteció en la calle Arenales no fue un drama familiar, fue un asesinato que cuenta con muchos cómplices. Esto que ha sucedido se llama feminicidio.
Es claro: todos los días en este país cientos de mujeres son golpeadas, violadas, maltratadas, humilladas, desaparecidas, o asesinadas. Como en tantas otras áreas, en Argentina no se manejan cifras oficiales. Sólo se cuenta con una ligera información provista por organismos no gubernamentales. No obstante, estos son elocuentes. En los primeros diez meses de 2008, por ejemplo, al menos 110 mujeres murieron a manos de un miembro de su propia familia o de una pareja o ex pareja, de acuerdo al informe de Amnistía Internacional (AI) “Muy Tarde, muy Poco”, publicado en noviembre de 2008, en la víspera del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer. Según cifras del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la línea telefónica de ayuda contra la violencia familiar recibió, tan sólo en la capital, 5.665 llamadas durante los primeros seis meses de 2008.Doscientas treinta y una mujeres fueron asesinadas a lo largo de 2009 también por sus esposos, novios o ex parejas, algún miembro de su círculo familiar cercano o un extraño en el marco de un ataque sexual. Esto significa que en este país una mujer cada día y medio ha sido asesinada. Por supuesto que han sido muchas más las que han sufrido lesiones, secuelas y más aun las que sigues soportando el maltrato físico, psíquico y emocional de parte de sus allegados. Tal como se pone de relieve a partir de los datos parciales ofrecidos por la oficina de Violencia Doméstica, inaugurada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación en septiembre del año pasado, 5.509 personas denunciaron haber sido afectadas por hechos de violencia doméstica. El número corresponde al período comprendido entre el 1 de octubre de 2008 y el 30 de junio de 2009. En tanto, 4.579 denuncias fueron realizadas por mujeres y 930 por hombres.
Las cifras cambian de acuerdo al organismo que las registre, pero demuestran que la violencia psicológica y física hacia las mujeres constituye un flagelo que sobrevive a lo largo de los años; y parece estar lejos de erradicarse si no se diseña una política nacional encaminada a decirle nunca más al femicido y a fomentar una sociedad que deje de mirarse a sí misma y al mundo con ojos machistas.
Hoy ha quedado demostrada una triste verdad: los asesinatos de género están a la orden del día. Esto significa que no tenemos una “política de Estado destinada a erradicar la violencia contra las mujeres” ¿Que necesita una mujer para divorciarse y mantenerse con vida? Esa es una de las preguntas que me hago. Necesita marcos legales que hagan efectivos sus derechos. Vale decir que ni siquiera para mantener la vida hacen falta efectivos policiales, tal y como quedó demostrado hoy: de poco sirven esos efectivos a la hora de proteger la vida de una mujer que sólo iba a buscar sus pertenencias al lugar que otrora había compartido con quien finalmente terminó con su vida.
Es claro que ya no alcanza con festejar los logros legislativos cuando estos están vacíos de contenido. Una ley de violencia integral de género ha sido votada hace poco. Pero ese instrumento que debiera proteger la seguridad y la vida de las mujeres no ha sido reglamentado. Tampoco contiene penas ni sanciones para los agresores. Con lo cual es una declaración de buena voluntad, que solo puede convencer a quien es cómplice de la violencia sistemática contra las mujeres. Y simultáneamente es una forma de mantener la misma violencia que se trata en intenciones de erradicar.
Supuestamente, el estado argentino entiende que la eliminación de la violencia contra las mujeres es condición indispensable para su desarrollo individual y social y su plena e igualitaria participación en todas las esferas de la vida. Sin embargo, termina socavando la propia eficiencia del los marcos legales y del Congreso de la Nación para dar respuesta a dicho reclamo. Bajo la pretensión de integralidad que titula a la ley promulgada en abril del año pasado, no encontramos respuestas realmente integrales. Así, no incorporó medidas específicas suficientes para la prevención, la erradicación y la sanción en relación con esas particulares violencias que define (la institucional, obstétrica, laboral, entre otras) ni tampoco de asistencia a las víctimas, lo cual lo convierte en una ley vacía y deficiente.
Es acuciante que esta terrible realidad cambie. Y aunque las leyes no alcancen para tal fin, aunque tengamos que esmerarnos profundamente para que la conciencia social, la cultura ciudadana, rechace plena y firmemente la violencia que se ejerce contra las mujeres, es innegable que un marco legislativo coherente y comprometido con la defensa de los derechos de las mujeres acercará esa meta que hoy parece tan distante.
Fernanda Gil Lozano